La mala fama de los ingleses y la bebida parece bastante injusta, por otras razones que desconozco. Recuerdo, ante todo, el last call: esa campana en el pub que anuncia la última ronda de pedidos, el momento final para las pintas de cerveza, los gins y, por qué no, el brandy, como pedía mi vecino de barra. “Nelson’s blood”, me dijo el parroquiano. Yo asentí como se asiente cuando uno no tiene la menor idea de lo que le están diciendo, con esa dignidad vacía del turista que no quiere pasar por ignorante. La frase cobraría sentido al día siguiente. La campana no sonaba como una forma educada de recordar que incluso el exceso tiene sus modales. Primero la advertencia, luego el apuro, después la resignación. También en eso los ingleses han sabido convertir el cierre en ceremonia.

Al día siguiente fui a Trafalgar Square, donde está la enorme estatua del Vicealmirante Nelson que mira hacia el parlamento desde una columna de más de 50 metros que disimulan bien su estatura que apenas sobrepasaba el metro sesenta. Allí arriba está con esa tranquilidad mineral que sólo tienen los muertos gloriosos y las palomas. Si fuera el Príncipe Feliz de Wilde no habría podido ser bienhechor desde semejante altura. La guía recordó lo esencial: el almirante que derrotó a la flota franco-española en 1805, el héroe naval por excelencia, el hombre que antes del combate envió aquella frase hoy famosa, “England expects that every man will do his duty”, “Cumplan su deber”. Hasta la épica la redactan como si fuera una nota de oficina. No dijo “sean inmortales” ni “hoy haremos historia”. Dijo, en el fondo, cumplan con su deber. Después contó la escena final. Nelson fue alcanzado por un disparo en pleno combate y murió horas más tarde, ya sabiendo que la batalla estaba ganada. Esa mezcla de victoria y muerte parece haber sido decisiva para convertirlo en mito. No fue sólo el almirante victorioso; fue el almirante victorioso que muere justo a tiempo para que el imperio haga de él una estatua.

Fue entonces cuando la guía soltó la historia que iluminó la frase de la noche anterior. Según la leyenda, el cuerpo de Nelson fue conservado en alcohol, probablemente ron durante el viaje de regreso, y de allí habría surgido el nombre “Nelson’s Blood”, la sangre de Nelson, asociado después al ron naval. Es que muchas versiones agregan el detalle más truculento: que marineros sedientos habrían perforado el barril para beber de ese líquido. No sé si ocurrió de verdad. Sospecho que no serían capaces esos marinos de desperdiciar un barril de ron en el mar. La merma en el líquido parece haber hecho necesarios custodios para honrar el último viaje del almirante. La historia es demasiado buena para exigirle certificado.

Hay algo perfecto en esa leyenda. El héroe naval elevado a estatua durante el día y rebajado a bebida durante la noche. Nelson allá arriba, de piedra; Nelson acá abajo, licuado en la imaginación de los parroquianos. Entre una cosa y la otra, un pub, una campana y la última ronda. Tal vez la memoria inglesa funcione así: mitad bronce, mitad bar. No sé si la sangre de Nelson fue bebida de verdad. Pero sí sé que esa mañana, al pie de la columna, la leyenda me pareció más instructiva que muchos datos ciertos. Inglaterra no sólo ha sabido levantar héroes: también ha sabido fermentarlos en el lenguaje. Y que acaso toda cultura revela su secreto en el instante en que anuncia, con una campana, que ha llegado la hora de la última copa.